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ROAKS - CAP03f - Teatro: el cine para los americanos


 TEATRO: EL CINE PARA LOS AMERICANOS

Hasta finales de los sesenta se podía ir al cine en tres teatros: uno en la plaza de Perú, para el personal que vivía en el centro de Madrid, que desapareció a finales de esa década; otro en la Base de Torrejón, para la tropa y los oficiales que vivían en la Base; y otro en la zona de viviendas de Royal Oaks, para las familias estadounidenses que vivían allí.

El Teatro Plaza Perú era un teatro agradable y moderno, con un gran auditorio abajo y un balcón arriba, donde los chicos y chicas solían hacer sus cosas de adolescentes. Tenía un snack bar bien surtido con palomitas de maíz, aperitivos y dulces americanos. Este teatro también fue un lugar de encuentro social en los años cincuenta y sesenta. A veces, el teatro organizaba una «noche especial» de gala cuando una celebridad estaba de visita en Madrid, ya fuera para rodar una película o de paso, generalmente la noche en que se proyectaba una película en la que aparecía. La noche en que se proyectó “Ben-Hur”, que se filmó en España, apareció Stephen Boyd, que interpretaba a Messala en esa película, y firmó autógrafos a una larga fila de admiradores. El acceso solo se permitía a los estadounidenses con tarjetas de identificación militar o a sus invitados. Estas tarjetas las tenían todas las personas relacionadas con la presencia militar estadounidense en España, independientemente de su edad. Todos los «dependientes» (como se llamaba a las familias del personal militar) tenían sus propias tarjetas, que debían mostrar para entrar en cualquier instalación militar estadounidense. En ellas figuraba la persona a cargo y los teléfonos de contacto en la base (cuatro dígitos) y en casa (tres dígitos). El teatro proyectaba 5 o 6 películas diferentes cada semana, además de una sesión matinal los sábados. De lunes a viernes habría dos sesiones: una a las seis de la tarde y, la siguiente, alrededor de las ocho. Los lunes y martes se proyectaba la misma película, pero de miércoles a domingo habría una película diferente cada noche.

Tradicionalmente, la proyección comenzaba con la emisión de un cortometraje con el himno estadounidense, «Star-Spangled Banner», de un minuto y medio, con mucha música a todo volumen y muchas tomas de banderas estadounidenses ondeando. Todos en el teatro se ponían de pie y se quitaban los sombreros o las gorras; la mayoría de la gente también ponía su mano derecha sobre el pecho, cerca del corazón. Si estabas en uniforme y en tu asiento, te ponías de pie y saludabas a la pantalla. Si todavía estabas en el vestíbulo tomando bebidas y aperitivos o subiendo las escaleras para tomar asiento, te quedabas quieto donde estabas hasta que terminaba; si sonaba el himno, presentabas tus respetos. Los invitados españoles siempre se sorprendían de este patriotismo; la proyección del NODO en los cines no producía esas sensaciones. Después, antes de la película principal, se mostraban avances de próximas películas, así como «noticias» sobre lo que estaba pasando en Estados Unidos, con una variedad de temas que iban desde la política hasta los chismes de famosos. Los viernes y sábados se ofrecía un resumen semanal de lo más destacado de la NFL (liga nacional de fútbol americano) durante la temporada; era media hora de resumen de los partidos de las noches del domingo y el lunes, y tras ello se iba la mitad del público.

La sesión de la mañana de los sábados empezaba a las diez de la mañana y terminaba a mediodía. Después del himno, obligatorio, le seguían varias series de dibujos animados, las habituales que podían verse cualquier sábado por la mañana en casi cualquier televisión estadounidense. La televisión española apenas se veía, aunque las casas tuviesen televisores. Estos incluían dibujos animados como «Bugs Bunny», «Tom y Jerry», «El Coyote y el Correcaminos», etc. Después de cuatro o cinco dibujos animados, siempre había una serie como Flash Gordon o Buck Rogers en el siglo 25. Pero, a veces, se emitía una serie como The Lone Ranger o The Cisco Kid. Tras los tráileres de las películas de la semana, comenzaba la película. El precio era bastante económico: 15 céntimos para niños menores de 12 años y 25 céntimos para los adultos, y un céntimo para las palomitas. Hubo películas que fueron un éxito de taquilla y se prolongó su proyección durante días, impidiendo nuevos estrenos. Tenían mucho éxito las películas western de Clint Eastwood, que siempre se proyectaban con la sala llena, al igual que las protagonizadas por Charles Bronson, Vincent Price, Christopher Lee y Raquel Welch (Un millón de años antes de Cristo). Cualquier película de la Pantera Rosa con Peter Sellers se quedaba durante un par de semanas, al igual que cualquier película de John Wayne, sin importar el género o el año. Sin embargo, la serie de películas más larga que se proyectó en el cine Royal Oaks fue la de la película “House of Dark Shadows” (Sombras en la oscuridad, 1970). La cola para entrar a ver Dark Shadows llegaba hasta el gimnasio desde el cine. La proyectaron durante tres semanas, todo un récord.

Se organizaba una programación especial en Halloween, con películas espeluznantes, una a las 6:00 p. m. y otra a las 8:30 p. m. Aquel año, la primera película fue “Scars of Dracula” (Las cicatrices de Drácula, 1970), de Christopher Lee, con murciélagos, ojos y colmillos inyectados en sangre, que ya se había proyectado el año anterior. La segunda película fue “The Dunwich Horror” (El horror de Dunwich, 1970), con Satanás, posesión y resurrección. Se suponía que esta película era para adultos, por lo que fue clasificada como «M», pero, como siempre, cualquiera que quisiera ir podía entrar, con el consiguiente griterío infantil en las escenas de terror y acurruque de adolescentes temerosas en busca de protección de sus parejas. Los niños, fuertemente impresionados, salían haciendo el murciélago por toda la explanada frente al teatro. Un estreno importante aquel año fue “Mary Poppins”, con sesiones a las 16:30 y a las 19:00. Un año y medio antes se había visto “Woodstock” en el cine de la base cuando se estrenó; estaba clasificada como «R», pero en el teatro de la base se cumplían mucho más estrictamente las normas de clasificación que en el teatro Royal Oaks: chicas hippies desnudas bañándose y chapoteando en piscinas de agua y barro.

Lo que deparó una experiencia entre surrealista y sobrecogedora fue la proyección que ofreció el comandante de la base la noche de Navidad de aquel año a las 22:45, anunciada como «La sorpresa del comandante». En el aparcamiento había unos veinte coches, algunos de la base, a esa hora tardía, y no había cola para entrar. Después de pasar por taquilla, donde pagaron 50 céntimos por la entrada, y pertrechados de Coca-Cola y palomitas, unas treinta personas esperaban, agrupadas en distintas zonas de la sala, a que hablase el convocante. Una cortina roja ocultaba la gran pantalla. En un momento dado, el mando apareció ante la cortina y comenzó a hablar: «Tengo un par de cosas que me gustaría decir antes de que comencemos esta presentación de película tan especial. En primer lugar, me gustaría darles las gracias a todos por estar aquí esta Nochebuena. En segundo lugar, no habrá himno nacional previo, pero haremos una pausa para honrar a esos hombres y mujeres uniformados que no pueden estar con sus familias esta Navidad». A continuación, agradeció las gestiones realizadas para conseguir la copia de una antigua película de 1946. «Conocí al sargento Monday —casi se le escapa el mote de Money— en noviembre, en una cena especial organizada por el instituto de la base, y descubrí que él también sentía aprecio por las cosas pasadas, especialmente por las películas. Le hablé de esta película en concreto y se puso a trabajar. No solo fue capaz de localizarla, sino que también consiguió que nos la prestaran para verla». El comandante apuntó con su bastón de mando, que siempre llevaba consigo, al sargento. «Personalmente, vi esta película cuando era joven, recién salido de la academia, y estoy aquí para decirles que su mensaje me ha acompañado todos estos años. Aquellos de ustedes que también la hayan visto en su estreno recuperarán emociones que pueden haber pensado que estaban enterradas desde hacía mucho tiempo. Aquellos de ustedes que nunca la hayan visto, les aseguro que descubrirán emociones que probablemente desconocían». El comandante no pudo contener la sonrisa. Agitó su bastón para hacer una señal a quien estuviera en la cabina de proyección. «¡Disfruten de la película, amigos, y feliz Navidad!», dijo el comandante, y se sentó. Se apagaron las luces de la sala, se abrió la gran cortina roja de izquierda a derecha, se iluminó la pantalla y comenzó la música. En la pantalla apareció el título de la película: “It's a Wonderful Life” (Qué bello es vivir, 1946), de Frank Capra. La pregunta primordial que plantea esta película es hasta qué punto cada uno de nosotros afecta a la vida de los demás. La historia trata de un hombre bueno que, gracias a la intervención de un ángel, evita suicidarse y descubre cómo habría sido el mundo si él no hubiese nacido. La fama posterior de este cuento navideño en Estados Unidos se debe a que la película de Capra pasó a ser de dominio público en la década de 1970 y los programadores decidieron que, ya que era gratis emitirla en televisión, estaría bien hacerlo en fechas navideñas. Al finalizar la proyección, los asistentes estaban emocionados y se produjo un gran aplauso, así como apretones de manos, abrazos y buenos deseos. Al salir al frío de la noche, a la una de la madrugada, los espectadores se encontraron con los asistentes a los oficios en la escuela primaria, y el aparcamiento estaba repleto de coches.

Poco después de aquellas Navidades, Ronald acudió al teatro de Royal Oaks para ver una de las películas más sobrecogedoras que se habían proyectado en una base aérea norteamericana. Nadie sabía cómo encajarla dentro de una política de adoctrinamiento, de personal o, simplemente, de tacto. Acudió una vez más a la sesión de las seis y allí estaba Paul May, que parecía tener un abono para su sitio, junto al pasillo de la séptima fila de la derecha. La película era “Fail Safe” (Punto límite, 1964), en blanco y negro. Durante la Guerra Fría, por un error informático, un escuadrón de bombarderos del SAC es enviado a destruir Moscú. El presidente de Estados Unidos (Henry Fonda) trata de hacerlos volver, pero el sofisticado sistema de seguridad lo impide, por lo que debe convencer a la Unión Soviética de que no contraataque. En un intento desesperado, el presidente ofrece sacrificar una ciudad de Estados Unidos si sus pilotos llevan a cabo su mortal misión sobre Moscú. La escena final de “Fail Safe” es una serie de instantáneas que muestran una ciudad de Nueva York dinámica, feliz y bulliciosa solo unos segundos antes de su inevitable destrucción.  Los padres de Ronald, aparte de ser una película para adultos, le habían advertido de que tal vez no le gustaría, ya que ellos la habían visto una vez y no querían volver a pensar en ello. Cuando se encendieron las luces, no hubo el habitual bullicio en la sala. Silencio. Los niños que se habían colado comprendieron que se trataba de una película para adultos que no iban a olvidar. Si alguien tenía nostalgia posnavideña, aquello lo había rematado.

Curiosamente, ese mismo año del estreno de aquella película, Stanley Kubrick había estrenado “Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb” (¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, 1964), con una temática prácticamente igual, pero en clave de humor. Convencido de que los comunistas están contaminando Estados Unidos, un general ordena, en un arrebato de locura, un ataque aéreo nuclear sorpresa contra la Unión Soviética. El presidente de EE. UU. se pone en contacto con Moscú para convencer al gobierno soviético de que el ataque no es más que un estúpido error. La película termina con el mayor «King» Kong montado sobre uno de los misiles, ondeando su sombrero de vaquero como si estuviera en un rodeo. El Dr. Strangelove se levanta de su silla de ruedas, anuncia que tiene un plan, se da cuenta de que puede caminar y grita: «¡Mein Führer, puedo andar!», un segundo antes que las bombas nucleares empiecen a detonar. Posiblemente, otra película que la política (o falta de ella) de adoctrinamiento, de personal o, simplemente, de tacto, permitió ver tranquilamente en el teatro de Royal Oaks, tomando una Fanta o una Pepsi-Cola.

Ronald y los otros menores de Royal Oaks seguro que también se colaron para ver la prometedora y pícara “Carnal Knowledge” (Conocimiento carnal, 1971), que resultó ser un triángulo amoroso con camas, sujetadores y bragas, sin mayor interés. De hecho, en su segundo pase solo la vieron nueve espectadores, después de saberse su falta de estímulos reales y la pedantería existencialista de sus protagonistas.

Cuando la noticia de una mala película se extendía rápidamente por la urbanización, aparte de alimentar bulos difícilmente creíbles, se evitaba bajar hasta el cine si los de la primera sesión no quedaban satisfechos. «Cincuenta centavos a la basura». Ni siquiera Art Garfunkel, de Simon & Garfunkel, le daba interés a la cinta.


 

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