ROAKS - CAP05c - Apostolado seglar
APOSTOLADO SEGLAR
Desde finales de los cincuenta, Valdebebas era uno de los barrios más desamparados de Madrid, junto al viejo vertedero de Las Cárcavas. La mayoría de las familias vivían en chabolas y, cuando llovía, las calles del poblado, por llamarlas de alguna forma, se convertían en un inmenso barrizal. No había agua corriente y muchas familias se dedicaban a vender fruta en los mercadillos o a recoger ropa vieja y objetos desechados. Al atardecer, una larga fila de carros de traperos se encontraba en la carretera de Burgos cuando volvían a casa.
Las jóvenes deseaban proporcionar a aquellas gentes algo de formación humana, profesional y cristiana, y comenzaron por algunas jóvenes del barrio con las que hicieron amistad. Eran un grupo de profesionales con trabajos muy distintos y con grandes deseos de ayudar a los demás en su tiempo libre —profesoras, enfermeras, etc.—, en todo lo que podían. Incluso contaron con la colaboración de algunos jóvenes evangélicos de El Encinar, a quienes la auténtica miseria del valle cercano les parecía inconcebible. Comenzaron enseñando a leer y escribir a sus amigas. Con el tiempo, se ganaron la confianza de un gueto cerrado al exterior, y las madres querían que sus hijos aprendieran a leer, escribir y contar. Se unieron voluntarias del colegio mayor femenino del Opus. Llegó un momento en que tenían doscientos alumnos y no tenían ni mesas ni sillas; una de las americanas las sacó de algún sitio, nadie preguntó. Con el tiempo, crearon una pequeña consulta médica y un dispensario, y pagaban de su bolsillo a un par de médicos para atender a una población que carecía de la más mínima asistencia sanitaria. Los hospitales les resultaban inaccesibles, ya que no tenían vehículos para llegar. Nada más instalarlo, empezaron a atender a niños desnutridos y a personas con heridas mal curadas. Junto con la atención médica, les facilitaban alimentos y medicinas. La mayoría de ellos había vivido siempre en una situación de extrema pobreza, a expensas de la suerte o de Dios.
El grupo de mujeres de Madrid que colaboraban aumentó gracias a que una de las promotoras tenía un automóvil, algo bastante excepcional en aquella época, ya que muy pocas mujeres tenían carné de conducir. Ese automóvil evitaba tener que chapotear en el barro de los días de lluvia para llegar hasta la zona de chabolas y facilitó que pudieran venir más profesoras para dar clases de alfabetización a aquellas madres de familia con grandes deseos de aprender a leer y escribir y llevar una vida digna.